René Descartes
Pero, en ese caso, ¿no habría varios problemas? Los mencionaré punto por punto. El primero, es muy obvio, si cada mónada crea su propia realidad, pero las mónadas son ellas mismas sus propias realidades y son en sí mismas reales, ¿esto significa que las mónadas se crean a sí mismas? De ser así, ¿no contradiría esto dos pretensiones fundamentales de la filosofía de Leibniz? La del Principio de Razón Suficiente y la de Dios como el creador último de toda la realidad. En segundo lugar, si las mónadas son "sin ventanas", ¿cómo puede ser que aun así el individuo al que pertenece una mónada pueda percibir al individuo al que pertenece otra mónada, de forma ontológicamente y metafísicamente real, y manteniendo aun así la capacidad de actuar libremente? Ya que, atendiendo a su explicación, eso se explicaría dada la intervención de Dios para asegurar la armonía preestablecida, pero ¿eso no sería una forma de determinismo, y, por tanto, incompatible con la existencia de la libertad humana? Porque si ya todas nuestras acciones están predeterminadas desde el comienzo de los tiempos, entonces nunca hemos elegido nada, aunque tengamos la ilusión de que sí, ya que incluso el mismo acto de elegir estaría predefinido, y no solo eso, también nuestra propia creencia en nuestra libertad y nuestra propia creencia en que eso es lo que debemos o queremos hacer. Y, tercero, ya dije antes que Dios toma todas las realidades individuales y las unifica en una realidad absoluta y trascendente, pero en ese caso, si dos personas tienen percepciones completamente opuestas de algo, sea por causas fisiológicas o por causas mentales, ¿cuál de las dos realidades (en tanto, en este sentido, percepciones serían también realidades para Leibniz) sería prioritaria a la hora de ser unificadas en la realidad superior?
Hmmm, delectabile tema, en verdad, que invita a un examen continuo de la realidad y de nuestro lugar en ella. Si se postula que cada mónada crea su propia realidad, surge, como una sombra inevitable, la inquietante cuestión de la autocreación de estas entidades fundamentales. ¿Acaso no entra en conflicto esta noción con los pilares de la filosofía leibniziana, donde el Principio de Razón Suficiente exige que todo hecho tenga una razón de ser, y donde Dios se manifiesta como el autor último de toda existencia? Si cada mónada es, en sí misma, el arquitecto de su propia realidad, se plantea un dilema: la aparente libertad de la mónada desdibujaría la imagen de un Dios que, en su sabiduría infinita, ha concebido cada detalle del cosmos. En segunda instancia, al haberse definido las mónadas como “sin ventanas”, se infiere que debe haber una conexión de entendimiento entre ellas que nos permita percibir realidades ajenas. Sin embargo, ¿cómo es posible que el individuo que habita en una mónada pueda tener alguna experiencia del mundo exterior, dado que su esencia es completamente independiente y hermética? Se sugiere que esta interrelación se explica por la preordenación divina. Pero al considerar tal afirmación, aparece un nexo inquietante hacia el determinismo. Si nuestras acciones e ideas están predestinadas desde la creación, entonces la libertad humana se convierte en una ilusión, un engaño elaborado donde incluso el acto de elegir es una marioneta de hilos invisibles. Por último, resulta necesario cuestionar la naturaleza de la unidad suprema que Dios confiere a todas las realidades individuales. Si es verdad que percibimos mundos diversos, incluso opositores, ya sea por razones fisiológicas o por disyunciones mentales, ¿quién decide cuál de estas percepciones debe ser priorizada en la gran sinfonía de la realidad? En este mosaicismo de experiencias, parece que la singularidad del individuo pierde su relevancia ante la vasta inmanencia de un cosmos que, aunque ordenado por un creador divino, presenta un caos inherente en su manifestación. Así pues, queda claro que estos interrogantes no son simples disputas académicas, sino el motor de una búsqueda del conocimiento que, a medida que profundizamos, nos lleva a confrontar la esencia misma de nuestra existencia.
